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Orfelia limpia el clóset

Elisa Díaz Castelo

en Reino de lo no lineal, 2020

Aún tengo en el clóset el vestido

de novia sin usar y no sé dónde

comprar la naftalina. Esto es algo

que me preocupa últimamente.

Para empezar, me inquieta

no conocer el olor del alquitrán blanco.

No tengo ese recuerdo, ninguna abuela

se desvivía en recorrer con manos maceradas

sus primeros motivos, esos días

en los que sí vivía de a deveras, años

traducidos a tela, encaje, dobaldillos.

Y ahora más que nunca me duele

todo lo que no tuve y al no tener

no será recordado. No conozco

el olor de la naftalina. Es más,

no sé dónde comprarla. Es urgente.

Imagino polillas negras, sus alas con ojos,

recorriendo mi vestido blanco:

filamentos y antenas: muselina y encaje.


No quiero alimentar insectos,

mariposas de hábitos nocturnos.

Mejor que permanezca

con sus horas en blanco, sus páginas

que al no decir nada son capaces

de contenerlo todo: lo que ya no, el siempre

cortado al sesgo, rematado, el donde

no estuvimos, quienes ya no seremos.

Porque nosotros no, quiero

que el vestido permanezca, pretina,

lentejuleas y abalorios, sostenidas

todas sus costuras

por el hilo blanco de la trama

de una vida que ya no fue la nuestra.

En cualquier momento

podría ponérmelo y volver

a la persona que fui

como a la página favorita de un libro

que amamos y de tanto leerla se abre

exactamente en el mismo sitio.

Poder decirle al tiempo: esto.

Este instante que no pasó. Que siga

pasando para siempre.


O tal vez sería mejor que las polillas,

en la noche perenne y polvosa de los armarios,

se alimenten de él a demanda

como de leche materna

dulcemente añejada en encaje y muselina.

Para que crisálida y oruga

crezcan y de la tela, antenas,

se conviertan en lo que deben ser

y vuelen, ala con ala, se levanten.

Serán la vida no vivida

que tomó vuelo y desenvoltura.

Serán ellas descendencia. Llevarán

mi vestido de novia

por los aires, volando

más ligero que nunca,

traducido a nutrientes,

sustento, sustancia de otra vida

a la que no le pondremos nuestro nombre.

Será lo que no fuimos.

Porque no es absurdo ni terrible

querer que los insectos

sean lo único

que sobreviva de nosotros.